Desde que tengo memoria, la industria editorial ha estado en crisis, incluso en sus mejores momentos.
Ese sentido de crisis permanente se explica por la diversidad de lo que llamamos, en singular y con demasiada ligereza, «el mundo del libro». No es lo mismo lo que vive un editor transnacional, con un enorme capital de apoyo y capaz de jugar con variables multinacionales, que el editor mediano y nacional, expuesto a los altibajos de su economía local, o que el pequeño editor —el llamado independiente—, que carece del capital y de la infraestructura de los otros dos. Son realidades distintas, y cada una exige su propio análisis en función de su peculiar situación histórica.
Lo cierto es que todos los sectores del libro han atravesado, desde finales del siglo pasado hasta hoy, crisis sucesivas. Las tecnológicas no han sido pocas: la llegada de la computadora y lo que trajo consigo —PageMaker, Ventura Publisher, el escáner, el OCR—, y más tarde la impresión digital y el libro electrónico. A ellas se sumaron las crisis económicas mundiales de los años ochenta y noventa, y las nacionales, como la de 1994 en México. Hubo además periodos de concentración de capitales: compras de editoriales medianas por las grandes, catálogos que desaparecieron, desempleo.
Para mí, esa constatación venía de más atrás. En los años ochenta, al frente del Instituto Superior de Intérpretes y Traductores, había encontrado un vacío gemelo al de la traducción: así como no había dónde formarse el traductor profesional, tampoco había dónde formarse el editor. De ahí salieron, en 1984, los primeros seminarios para la formación de editores, en un aula donde se hablaba de composición tipográfica y de las alternativas de impresión que entonces apenas asomaban. Lo que el Instituto haría después en grande empezó ahí en pequeño.
Todo eso nos hizo ver, a finales de los noventa, la necesidad imperiosa de emprender una labor minuciosa de investigación, aunada a la capacitación del gremio, que debería desembocar —pensábamos— en la creación de carreras universitarias en torno a los quehaceres del libro.
En 2001 reunimos a buena parte del gremio en El libro y las nuevas tecnologías. Los editores ante el nuevo milenio. Un año después ese volumen se volvió periódico y nació Quehacer Editorial. En el número 2 de la revista publicamos un texto que era, en realidad, un programa: cuatro estrategias para profesionalizar el oficio —la revista, un instituto, la formación universitaria de editores y un congreso anual—. El 24 de abril de 2003 fundamos el Instituto del Libro y la Lectura, A.C., con el objeto de «realizar y fomentar la investigación, la docencia y la difusión en materia de las ciencias del libro y de los procesos y hábitos de lectura».
Las otras tres estrategias también se cumplieron. Quehacer Editorial publicó veinticuatro números —3,890 páginas, cerca de un millón setecientas mil palabras— en alianza con Ediciones del Ermitaño. De la aspiración de formar editores salió la ECAOL, la Escuela de las Ciencias, las Artes y los Oficios del Libro, y con ella los talleres de encuadernación, fabricación de papel y serigrafía que se impartieron en las instalaciones de la editorial. Y el congreso anual tomó dos formas: el Coloquio sobre los futuros del libro y las Jornadas en torno a la Edición, cuya tercera edición, en 2023, se organizó junto con las redes de editoriales universitarias de México, Colombia, Chile, Perú y el conjunto de América Latina y el Caribe.
Mirar hacia adelante ha sido una constante del Instituto. Los cambios tecnológicos, económicos, políticos y culturales no son fenómenos que deban asustarnos ni amedrentarnos: son objetos de estudio, y hay que tomarlos en cuenta para adaptar el quehacer editorial a un entorno que siempre ha cambiado, como ha cambiado el mundo del libro desde su origen hasta hoy. No es una declaración de intenciones: en septiembre de 2023, cuando la conversación pública apenas empezaba, el Coloquio dedicó dos días completos a la inteligencia artificial y a lo que le hace a la edición, a la escritura y a los derechos de autor.
No es una postura de ocasión. El Instituto la dejó escrita hace años, cuando las tecnologías en discusión eran otras y el temor era el mismo: «Las nuevas tecnologías no impiden el florecimiento de las artes y los oficios, sino los enriquecen.» Lo argumentaba entonces diciendo que, si bien la tecnología ha hecho desaparecer oficios enteros y a veces parece amenazar la supervivencia del libro impreso, está en nuestras manos preservar ese conocimiento y difundirlo; y que por eso el Instituto trabaja al mismo tiempo en investigar el uso de las nuevas tecnologías y en enseñar las artes ancestrales vinculadas al libro. La inteligencia artificial no modifica esa posición: la pone a prueba.
Pero para tomarle el pulso a los cambios hace falta memoria, y la memoria del ecosistema del libro mexicano es frágil: se pierde en mudanzas, en servidores dados de baja, en cajas que nadie reclama. Preservarla ha sido uno de nuestros objetivos desde el principio. Durante veintitrés años, cada número de la revista y cada mesa de las Jornadas fue un acto de acopio. Lo que hoy es nuevo no es el archivo, sino que esté abierto. Cuanto reunimos en ese tiempo —y cuanto sigamos rescatando— vive en esta página, a disposición de cualquiera. Esa memoria es la que permite estudiar el ecosistema del libro con objetividad: sobre hechos verificables y no sobre impresiones.
En noviembre de 2027 Quehacer Editorial cumplirá veinticinco años, y en abril de 2028 los cumplirá el Instituto. Serán ocasión para hacer el recuento del pasado y del presente, pero sobre todo para mirar hacia el futuro, marcado ahora por la inteligencia artificial, que lejos de asustarnos debería constituir un elemento de apuntalamiento del ecosistema del libro y la lectura, que sin duda seguirá cambiando a lo largo de los siglos venideros.
Bienvenidos, pues, a este espacio de estudio, investigación, análisis y reflexión. Aquí encontrarás un archivo abierto para forjar tu criterio sobre bases sólidas, sea cual fuere tu lugar en este oficio: el de quien escribe, el de quien edita, el de quien imprime, el de quien vende o el de quien lee.
Alejandro Zenker
Director general